jueves, 17 de marzo de 2011
SUpongamos.
Pongamosle que hablo de un milagro escaso, de la hora de irse a la cama, del sol, de una tormenta de verano, de una 'rara avis', de un oasis, de una cerradura sin llave, de algo que no se vende en farmacias, de algo que deja cicatriz. Pongámosle que hablo de la nostalgia del maduro, de la patria de la poeta y del pintor, del pecado inconfesable de una monja, de un hotel dulce hotel. Pongámosle que hablo de versos, colores, notas, de brújulas sin norte, de treintas de febrero. Pongámosle que hablo de lo que nadie cree que es, de lo que somos casi todos. Pongámosle que hablo del vals de las olas, de una especie en extinción, de un espejo, de un ángel caído, de un crucigrama. Pongámosle que hablo del escritor sin afeitar que habita en la barra de los bares, de una enfermadad incurable, del territorio donde crecen las más hermosas canciones, de algo mejor que la alegría, del hombro donde apoyar la cabeza, del brazo del manco. Pongámosle que hablo del anticipo del dolor, de una excusa sin excusas, de la fantasía de los tristes, del puchero de los pobres. Pongámosle que hablo de perfumes sin frasco, de libros sin editor, de cantantes sin micro, de diarios sin tinta, de tatuajes en el alma, de labios de nadie. Pongámosle que hablo de una muerte súbita, de una palabra no inventada, de una estación en medio del desierto. Pongámosle que hablo de vos.
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